El movimiento orgánico

Cuando  introducimos en clase el tema del movimiento orgánico en el teatro y les pregunto qué se les viene a la cabeza cuando escuchan ese nombre, me devuelven palabras y conceptos cómo: inconsciente, libre, natural, suelto, sin pensar…Y sí! Tiene que ver con todo eso. Tiene que ver sobre todo con el sentir. Darle al cuerpo la posibilidad de estar en lo que hace. 

En general estamos muy acostumbrados al control, tanto a que nos controlen como a querer controlar, vernos provistos de un contexto con unas reglas específicas nos hace sentir más seguros, tanto da si esas reglas las ponemos nosotros o las ponen otros. Ahora cuando se trata de soltar y ver qué pasa en escena para muchas personas se hace más complicado. Y no se hace más complicado por que tengan poca capacidad para la expresión sino que es la creencia de que no saben expresarse, de que no les van a entender la que juega en su contra. En bastantes ocasiones me encuentro en los talleres de formación que las personas participantes hacen muchísimo esfuerzo para que se entienda lo que están haciendo. Y ese esfuerzo finalmente les lleva a movimientos estereotipados que es exactamente lo opuesto a lo que estaban queriendo realizar. Es en este estadio del aprendizaje en el cual es interesante incluir ejercicios que nos demuestren (es que si no vemos no creemos) que podemos transmitir más y mejor si somos sinceros en las acciones que estamos realizando. Si estamos jugando de manera comprometida en la escena  con nuestro compañero y nuestro imaginario surgen de hecho y sin esfuerzo una serie de gestos, movimientos, micro-movimientos, silencios, tonos de voz, etc que son los adecuados al momento que en la escena se vive y por lo tanto se transmite también de manera sincera. Y es en la transmisión sincera en dónde el espectador puede colocarse, sentir o no empatía, adentrarse en el juego que está viendo y vivirlo porque ahora también forma parte de su propio imaginario.  Forma parte de su presente y por ese motivo se vuelve real en ese lapso de tiempo/espacio.

La clave es permitirse. Permitirse el juego para que de ese juego sintamos y permitirnos también hacer cosas con eso que sentimos. Permitirnos jugar con el otro, soltar el control individual para compartirlo con mi/s compañera/os de escena.

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