…»Érase una vez un cuerpo el cual era hogar de un hombre y de un niño.
Al niño le encantaba vivir allí porque el hombre le acompañaba a la distancia.
Al hombre le hacían feliz las ocurrencias del niño.
Este último pasaba sus días construyendo realidades en la que todos eran felices o intentaban serlo. Sus herramientas preferidas eran el pincel y la guitarra.
Con el primero coloreaba superficies antes inertes y ante su paso estas quedarían vivas para siempre.
Con su guitarra, El Niño, era capaz de adentrarse en las tristezas más escondidas convirtiéndolas en sonido liberándose así del solitario cautiverio.
El hombre, a la distancia, le observaba incrédulo mientras seguía con su trabajo y su día a día.
Una mañana el hombre mientras trabajaba sintió un silencio extremo y levantó su mirada. Allí estaba El Niño sentado en la rama de un árbol observándose esta vez a él. El hombre arqueó sus cejas levantando un poco su cabeza como interrogante. Y El Niño, satisfecho, sonrió…»
Cuento de: Nathalia Sócrate
Aquí te dejo preguntas para que puedas indagarte:
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¿Qué colores usaría hoy tu niño interior para pintar tu silencio?
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¿En qué rincón de tu vida suena todavía esa guitarra olvidada?
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Si el adulto que eres levantara la mirada, ¿qué encontraría en los ojos de tu niño?
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¿Qué rama de tu árbol interior sostiene al niño que te observa?
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¿En qué momento del día se miran tu rutina y tu juego?
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¿Qué sonrisa espera nacer cuando por fin te encuentras contigo?
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¿Cómo transformarías tu tristeza en música, como hace el niño del cuento?
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¿Qué superficie de tu vida aún espera ser coloreada?
¡Feliz introspección!
