El ritmo del grupo, ese latido que no siempre está sintonizado, trae una propuesta propia que nos informa de dónde partimos hoy. Tener demasiada prisa en transformar ese ritmo al que traigo como dinamizador para “los objetivos que tengo” es perderme del material fundamental para esa sesión.
El ritmo que no es el nuestro, al observarlo, enseña también sobre el nuestro propio.
Entrar en la danza de la escucha, de los materiales emocionales que se dicen pero se expresan: en la prisa, o en la pereza, o en una mirada perdida, en unas manos agarrotadas o una media sonrisa. Entrar en la curiosidad de lleno, de leer esas expresiones por separado para después darle sentido en la posibilidad de juego, antes que nada.
Todo lo que hay y lo que se necesita, ya está allí, esperando. El grupo lo tiene custodiado.
Mirar al grupo en cada encuentro como quien mira un paisaje por primera vez y va dejando que los sentidos lo guíen: a los colores, olores, formas, texturas, horizonte. Eso que se ve es único, eso que se siente, también.
