Cuando estamos en el proceso de autoconocimiento utilizando las artes escénicas como puente es importante entender que el proceso pasa por digerir la experiencia en términos de sensaciones e intuición más que como un proceso plenamente racional. La racionalidad nos dará cierta perspectiva una vez hayamos transitado y digerido la experiencia a través de permitirnos el sentir y de que demos permiso a que las sensaciones nos convoquen a lugares distintos de los que solemos estar.
Es común que cuando nos adentramos en una experiencia creativa tendemos a querer “entender” cada parte del proceso y no solo no es necesario sino que puede ser hasta contraproducente.
La aplicación y experiencia de las artes escénicas desde lo terapéutico no pasa por el simple proceso de catarsis, que es donde se pueden quedar muchas propuestas porque esto sería sobre todo mover las sensaciones sin lugar a que se digieran o asienten que es lo que da base a lo terapéutico para que pueda operar en profundidad.
Es difícil la tarea de dejarse llevar y tener una actitud curiosa ante lo desconocido porque es justo lo contrario a lo que se enseña comúnmente como lo deseable en muchos ámbitos. La creatividad y el autodescubrimiento a través de la experiencia tiene que ver con dejar que se expanda la expresión de lo no dicho, de lo reprimido, de lo encapsulado en el cuerpo por no ser aceptado, bien por uno mismo o por el entorno.
El movimiento y la expresión no verbal es una excelente vía para desbloquear lo que la palabra no permite.
La aplicación terapéutica de las artes escénicas busca la armonía estética pero mucho antes viene el proceso armonioso, es decir, la búsqueda de lo que necesita ser expresado Esto viene antes que la finalidad estética porque sino otra vez estaremos centrados y enfocados en el resultado.
Cuando se acompaña un grupo para que haga su proceso terapéutico es esencial encontrar el equilibrio entre el biorritmo del grupo y el momento por el cual se esté atravesando. El guía ha de intentar flexibilizar la propuesta para que nadie “quede atrás”. Muchas veces es preciso cambiar la propuesta misma para dar espacio a que todos puedan subirse al proceso cada uno desde su potencialidad.
No es tarea fácil pero es pacificador el ser testigo de que el grupo va encontrando sus propias respuestas a nivel sistémico e individual. Vale la pena el desafío, la flexibilidad y la revaloración constante de nuestras propuestas como facilitadores.
