Cuando estamos frente a un grupo hay muchas incógnitas flotando en el aire y ayudar a compartir lo que necesita ser expresado es cuestión de experiencia, sí, aunque diría que también mucho de intuición.
Lo que ocurre en la dinámica grupal proviene de diversos factores: experiencias pasadas en otros grupos, expectativas del grupo actual, inseguridades, rol que actúa de manera inconsciente, entre muchas otras cosas. Por eso es tan importante poder crear un espacio seguro en el espacio/tiempo grupal. Una de las claves para abonar este territorio es que la persona que dinamice esté suficientemente trabajada, es decir, que ella misma haya pasado y pase por espacios terapéuticos los cuales le hayan proporcionado poder visitar su sombra y persona, dos arquetipos que se ponen muy en juego dentro de las actividades grupales en artes escénicas, sobretodo con fines terapéuticos. Esto es importante porque no hay manera de ser honesto con el grupo si nos estamos defendiendo de nosotros mismos y nuestras sombras o estamos demasiado ocupados en demostrar algo para servir a nuestra persona/máscaras.
Dinamizar y acompañar requiere de perspectiva, primero de nosotros mismos para después dejar actuar nuestra experiencia e intuición y se logren los así objetivos que provengan de las necesidades grupales y objetivos terapéuticos.
Muchas veces durante la acción de dinamizar ocurren pequeños momentos efímeros e importantes que intuimos levemente. Por esto se hace interesante llevar un diario de cada grupo para poder plasmar en él nuestras sensaciones del encuentro así u otra información relevante como: si la energía de grupo cambió durante la sesión (escribir distintas hipótesis sobre el origen o propulsor del cambio de energía), si el grupo se ha dado más permisos en algo o por el contrario lo hemos visto más introvertido, etc. Hacer este ejercicio nos ayuda a establecer una perspectiva necesaria del grupo y de nuestro encuentro particular con el grupo para poder salvaguardar muchas dinámicas que, si anticipamos desde el amor, no tendremos que ser reactivos ante ellas por miedo o sorpresa en su aparición.
Los que acompañamos también necesitamos espacios que nos acompañen, poder desplegar nuestra vulnerabilidad nos ajusta a afrontar y acompañar con nuestras fuerzas reorganizadas y objetivadas. El hecho de no salir corriendo de nosotros mismos es dejar una puerta más abierta a que los grupos a los cuales acompañamos también puedan sostener sus propios procesos. Nos hacemos de espejos, aprendemos unos de otros, somos vulnerables y a la vez fuertes.
Los dinamizadores y los acompañados transitamos por las emociones, de manera directa y a veces camuflada por no permitir la expresión de cierta emoción.
La honestidad reside en mirar de frente eso que acontece, y cuando no podemos mirarlo de frente, coger de la mano a otro que sí pueda y sostener al menos eso. Cada uno a su propia cadencia.
La honestidad reside en que si la persona que acompaña va mirando a su propio espejo y entiende que tiene que seguir trabajando, resultará en un mejor y sensible acompañamiento hacia los otros.
Cada ser pasa por determinados ciclos, así lo hacen también los grupos. La concordancia y el compás con que cada grupo pueda desarrollarse tiene su base en toda la honestidad con que pueda concretar su proceso.
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