Roles y Personajes. Teatro terapia

 

En el teatro terapéutico investigamos nuestros roles y personajes. Tanto aquellos que sacamos a relucir de manera consciente como aquellos que toman el mando en determinadas situaciones sin que los hayamos invitado de manera racional.

Poder conocer nuestros roles y personajes es importante para poder transitar por la cotidianidad de manera asertiva con todo el abanico de herramientas que vamos necesitando desplegar.

Exploramos aquellos personajes y roles que cumplen una función sana en nuestro presente, y aquellos que están agotados y provocan disfunción.

Lo hacemos a través del juego, con herramientas de las artes escénicas combinadas con la terapia humanista y la psicología clínica para que sea un espacio tanto lúdico como terapéutico.

Los roles que elegimos y los que nos eligen a nosotros

Hay roles que habitamos con plena consciencia: el profesional competente, el amigo disponible, el padre o la madre presente. Los conocemos, los hemos construido con esfuerzo y nos identificamos con ellos.

Pero hay otros que aparecen sin invitación. El que se achica cuando siente que le juzgan. El que ataca cuando se siente vulnerable. El que desaparece cuando el conflicto se acerca. Esos roles también forman parte de nosotros — y precisamente porque no los hemos elegido de manera consciente, tienen más poder sobre nuestra conducta.

El teatro terapéutico permite observar ambos tipos desde una distancia que la vida cotidiana no suele ofrecer. Al encarnar un personaje, al ponerle cuerpo y voz, algo cambia: dejamos de ser el rol para convertirnos en su observador. Y desde ahí es posible preguntarse si ese personaje sigue siendo útil o si ya ha cumplido su función.

¿Qué hace un rol cuando está agotado?

Un rol agotado no desaparece solo. Sigue actuando, pero genera fricción: reacciones desproporcionadas, sensación de estar atrapado en una respuesta que no encaja, cansancio de ser siempre el mismo en determinadas situaciones.

En el grupo, esto se vuelve visible de una manera que difícilmente ocurre en el trabajo individual. Ver cómo otro encarna un rol similar al tuyo, o experimentar en escena una respuesta distinta a la habitual, abre posibilidades que la reflexión racional sola no alcanza.

El juego como vía de acceso

No hace falta analizar para transformar. A veces basta con jugar — con probar otro personaje, con habitar otra postura corporal, con dejar que la voz salga de un lugar distinto al de siempre. El cuerpo sabe cosas que la mente tarda en reconocer.

Ese es el valor del teatro terapéutico: no busca la respuesta correcta, sino el movimiento que amplía el repertorio. Porque cuantos más roles podemos habitar conscientemente, menos poder tienen sobre nosotros los que actúan desde la sombra.

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