El ritmo del grupo, ese latido que no siempre está sintonizado, trae una propuesta propia que nos informa de dónde partimos hoy. Tener demasiada prisa en transformar ese ritmo al que traigo como dinamizador para “los objetivos que tengo” es perderme del material fundamental para esa sesión.
El ritmo que no es el nuestro, al observarlo, enseña también sobre el nuestro propio.
Entrar en la danza de la escucha, de los materiales emocionales que se dicen pero se expresan: en la prisa, o en la pereza, o en una mirada perdida, en unas manos agarrotadas o una media sonrisa. Entrar en la curiosidad de lleno, de leer esas expresiones por separado para después darle sentido en la posibilidad de juego, antes que nada.
Todo lo que hay y lo que se necesita, ya está allí, esperando. El grupo lo tiene custodiado.
Mirar al grupo en cada encuentro como quien mira un paisaje por primera vez y va dejando que los sentidos lo guíen: a los colores, olores, formas, texturas, horizonte. Eso que se ve es único, eso que se siente, también.
¿Cómo se lee el ritmo de un grupo?
Hay señales que no mienten. Un grupo que llega disperso, con conversaciones cruzadas y risas nerviosas, está pidiendo tierra antes que vuelo. Un grupo que entra en silencio, con los cuerpos hacia dentro, necesita que alguien abra el espacio despacio, sin prisa, sin consignas que exijan demasiado pronto.
El ritmo no siempre es visible a primera vista. A veces está en lo que no ocurre: en la pausa antes de responder, en el cuerpo que no termina de soltarse, en la propuesta que nadie recoge. Aprender a leer esas ausencias es parte del trabajo.
Algunas señales concretas que observo:
La velocidad con la que el grupo ocupa el espacio al entrar. Si van directos a sentarse o si deambulan, si se agrupan o se dispersan. El tono de voz en los primeros intercambios. La disposición corporal: brazos cruzados, espaldas tensas, o por el contrario, cuerpos abiertos y miradas curiosas. El silencio: si es cómodo o incómodo, si pesa o simplemente es.
Adaptar la sesión a lo que hay
Cuando el ritmo del grupo no coincide con el que yo traía planificado, la sesión cambia. No el objetivo, pero sí el camino. Si el grupo llega agotado, no fuerzo una dinámica de alta energía — busco una entrada más suave, más corporal, más lenta, que permita al grupo aterrizar antes de pedir que vuele. Si llega con mucha energía contenida, aprovecho eso antes de que se disipe.
La planificación es una brújula, no un guión. El grupo siempre sabe más de lo que necesita que cualquier agenda previa.
El ritmo también habla de ti
Una última cosa que he aprendido con los años: el ritmo del grupo a veces me informa de mi propio estado como dinamizadora. Si me impaciento con la lentitud de un grupo, vale la pena preguntarme de dónde viene esa prisa. Si me acomodo demasiado fácil en un grupo que fluye, revisar si estoy acompañando o simplemente disfrutando sin profundizar.
El ritmo del grupo y el ritmo propio se leen juntos. Eso también es parte del trabajo.
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