Lo que no se nombra en un grupo, el cuerpo lo cuenta.

Trabajar con grupos es apasionante, pero también es una responsabilidad que a veces pesa. A menudo, en los talleres de teatro o en las dinámicas de intervención social, nos encontramos con que una simple improvisación «abre» algo profundo: un recuerdo, una emoción bloqueada o una resonancia familiar.

Como psicóloga clínica, veo esto a diario en consulta. Pero como formadora, sé que muchos profesionales de lo grupal (educadores, trabajadores sociales, dinamizadores) sienten esa punzada de inseguridad: ¿Y ahora qué hago con esto? ¿Hasta dónde puedo llegar?

Para mí, el secreto de un buen acompañamiento no está solo en la creatividad, sino en la red de seguridad, en conocer los límites de los espacios terapéuticos y no terapéuticos.

Saber poner un encuadre claro y entender la estructura clínica que sostiene el juego no limita la libertad del grupo; al contrario, es lo que permite que el grupo vuele seguro. Porque cuando el facilitador sabe dónde están los límites, el grupo puede llegar más lejos.

¿Te ha pasado alguna vez sentir que el grupo se movía hacia un lugar para el que no tenías «mapa»?

Conocer lo que el cuerpo cuenta, saber leer los ritmos grupales, los silencios y las diferencias de ritmo te ayudará a acompañar desde un lugar más ecuánime. 

Como dinamizadores es normal sentir miedo, lo interesante es poder funcionar junto a él para estar más atentos en lugar de más tensos. 

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